25/Sep/2017 14:15

Rutas en barco desde Palma hasta Ibiza, por Luca Monzani

Palma – Cala Blanca – Cala d’Hort – Trocados – Cala Sahona – Ciudad de Ibiza - Palma
 
Soltar amarras antes del mediodía, desde Palma, rumbo Faro de Punta Figuera, luego entrar de lleno en el Canal de Mallorca, arrumbando al suroeste, con el fulguroso reflejo de la superficie del mar en la proa hasta divisar el perfil de la Pitiussa mayor.
 
Cercanos a la costa, hacia Poniente, en el extremo oriental de la isla de Ibiza, librar los caprichos del socaire de la isla frente a la punta Moscarter, dominado por un colosal faro de franja helicoidal negra sobre fondo blanco, el más alto de las Islas Baleares y que indica el comienzo del litoral septentrional: salvaje, agreste, rocoso, de maravillosos bosques de pino, alguno de estos, lamentablemente asolados por las indolentes llamas de horribles incendios pasados, pero poco a poco, recuperándose. Oliendo a romero y navegando entre riscos y quebrados, fondear antes de la puesta del sol en Cala Blanca, o conocida también como Es Canaret, una de las joyas del norte de la isla. Aguas transparentes, gran biodiversidad y muchísima tranquilidad son sus rasgos más apreciables.
 
Levar anclas tras el desayuno, para recorrer la costa, a poco a poco, a lo largo del día, descubriendo solitarios rincones como la minúscula ensenada de Es Portixol, un auténtico sueño mediterráneo, rodeada de casitas de pescadores (cuidado con el calado, fondeo apto solo para embarcaciones menores) o la inmensidad de los acantilados de Cala Aubarca, uno de los lugares más aislados y desérticos de Ibiza.
 
Puesta del sol frente a Es Vedrá,  fondeados en aguas claras y arenas blancas de Cala d’Hort. Cena en el Restaurante es Boldado, torre que domina desde su altura toda la cala frente al mítico islote. Muy recomendable. Si hay luna, la visión fantasmagórica de este lugar, evocará sueños intangibles e intemporales, envueltos en un misticismo que enriquecerá sin duda, las emociones del viaje, siempre y cuando, al amanecer, con el mar en calma, se navegue hacia el sur, librando el Cap Jueu, virando a estribor y uno se deje llevar por el romanticismo de otras épocas, dejando correr la imaginación frente a lo que los ibicencos llaman Atlántis. Lugar donde magia y belleza se casan, para generar un paisaje único y onírico… Las extrañas formaciones rocosas, alteradas por la mano del Hombre, que de aquí extrajo toda la piedra de marés que forma las murallas de Dalt Vila, hacen de esta cantera (su nombre original era Sa Pedrera de Cala d’Hort), un lugar muy atractivo para aventureros de toda índole. Arriar el ancla sobre un mar azul y posarla sobre arena a siete u ocho metros de profundidad, para desembarcar e ir a buscar el Buddha pintado, dicen por un soldado japonés que vivió tres años hasta desaparecer en este lugar, sobre una enorme roca, es una experiencia que reúne a gentes, sobretodo joven y atlética de todo tipo, en un `peregrinaje romántico y fascinador. (Cuidado con el calor, en verano hay que hacer esta excursión durante los crepúsculos preferiblemente).
 
Rumbo a Formentera, doce millas hasta llegar a la Playa de Trocados e Illetas, ofrecerá durante el día, la mejor versión de las míticas transparencias del Mediterráneo junto con el ambiente náutico más variopinto y mundano. Mucho más tranquilo de noche. Como alternativa, navegando cinco millas hasta Cala Sahona, quizás al amanecer ofrezca mayor tranquilidad además de un magnífico desayuno en el remodelado Hotel Cala Sahona, que se sirve a huéspedes y transeúntes hasta las once de la mañana.
 
Una noche en Ibiza, antes de cruzar el Canal de Mallorca de regreso, es muy recomendable. Amarrando por ejemplo en Ibiza Magna, precios mayormente asequibles y personal encantador, para disfrutar de la tierra firme unas horas en las que, además de recorrer las callejuelas de Dalt Vila y los chiringuitos del puerto al son de la extravagancia más cosmopolita, cenar en el restaurante Pastis, será una buena ocasión para degustar la oferta gastronómica del chef Armel Guillemin, de gran personalidad, genuina y sin artificios.
 
 
Librando el faro de Botafoch, hacia el noreste, queda solo navegar en este mar espléndido de mil azules y crestas blancas, lugar donde los sentimientos vagan en el viento, custodiados por el barco que, cómplice, surca un rumbo que va derecho al alma,  a los recuerdos y a los abruptos de Mallorca…   

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